Sentado en la sala de espera de aquél hospital, tan solo quedaba que le diesen la noticia.
Hacía días que su padre no se encontraba bien. Sospechaba desde hacía tiempo que pronto podría suceder algo así, y el tiempo no es amigo de nadie. Llega y se va, y a su paso va dejando historias.
Discurría en su asiento, absorto, sin hacer caso al alboroto de aquella habitación de los lamentos, sobre la necesidad de decirles unas palabras a su progenitor. Pensaba en un discurso, en una especie de declaración de intenciones que refrendara actitudes pasadas que, quizás, no hubiesen sido las más correctas. Algo así como pedirle disculpas, y quitarse un peso de encima; desde luego, a su padre también. Era como una renovación del sentimiento. Dejar atrás cualquier mal momento, cualquier palabra sobrante, y de ahí en adelante, el compromiso de no caer en la tentación del reproche.
De ahí en adelante...
Sabía que eso no iba a ser posible, que no existía un más adelante. Que los hilos sueltos hay que remendarlos cuando la tela no se ha terminado de dañar por completo. Y ya era tarde.
Aquél hombre que había sido todo un derroche de vigor hasta hacía pocos días, yacía en la cama de una habitación aséptica de aquella clínica. A su alrededor todo indicaba que su estado de salud no retornaría a ser, como hasta entonces, aceptable.
Con un vaso de plástico lleno de café en sus manos, buscaba las frases oportunas. No quería dejar nada atrás. Era una contrición por todos aquellos defectos que, uno a uno, como las piedras que conforman una pirámide, habían logrado enterrar un afecto, creando un terrible muro tras el que se ocultaba la realidad latente. Él nunca había dejado de preocuparse por su padre, ni su padre de él. Siempre, gracias al constante empeño de su madre y hermana, se habían mantenido informado, a pesar de la distancia desde hacía unos meses, de cómo estaban uno y otro. Era el precio del orgullo.
Recordaba cuando le dieron la noticia entre las dos
:
Le habían diagnosticado demasiado tarde un cáncer.
¡Maldito cabezota!
Siempre su negativa a acudir al médico. El superhombre que creía ser, no era más que un ser humano con las mismas debilidades que el resto. Sin embargo, era tal su obcecación, tal su capacidad de negarse a que nadie le impusiera nada, que terminó por sucumbir a la evidencia. "No existen los hombres invencibles", solía recriminarle su esposa, insistiéndole que acudiera a su Centro de Salud para que le diagnosticaran sobre aquella tos irritante y escandalosa, de la que hizo una seña de identidad.
¡Estúpido engreído!
Era tan considerable su enfado y consternación, que no podía dejar de maldecir cada minuto que lo oyó echar por la boca los mismísimos pulmones, pues ya hacía tiempo que estaba así. Pero nunca, jamás, había escuchado de su boca una sola queja al respecto. Se sonrió por ello. Siempre fue su referente. Una de esas personas de pocas palabras y muchos hechos, que le conferían el respeto de los demás. Sin ser demasiado recto, su magia consistía en lograr que todo a su alrededor pareciera de una pulcritud e inalterabilidad digna de ser elogiada. Su forma de ser, sus opiniones... Físicamente, hasta su bigote era un signo de su distinción.
Decidió darle un sorbo al café, pero se había enfriado y perdido toda la esencia de un buen bálsamo reconfortante. Aquél trago era como si se hubiese bebido los últimos ciento veinte días de una vez. Así transcurrieron cada uno de ellos
:
Fríos, amargos, sin esa conexión que consigue que solo su calor en las manos ya sea un alivio para el alma necesitada.
Tiró el vaso en una papelera que estaba situada justo al lado donde se había sentado, y se levantó con determinación. No hacían falta palabras. En su cabeza parecía que se hubieran disipado negros nubarrones que no dejasen ver la belleza de un horizonte inmenso.
Se encaminó a la entrada de uno de los pasillos señalados con un cartel que lamentaba
: "Oncología 101-119". La que le habían asignado a su ingreso fue la última que se indicaba.
Con respetuoso paso observaba lo que ocurría tras algunas de las puertas abiertas. Unos enfermos veían sentados la televisión, mientras el familiar que le acompañaba usaba el teléfono móvil para jugar. Otros, acostados, se rodeaban de amigos que se habían acercado a preocuparse por ellos. Una de las habitaciones, vacía y marcada con el número 110, permanecía con las ventanas abiertas de par en par; en el poyete se podían ver unas gasas arrugadas y un ramo de flores casi pochas. Sintió la necesidad de apresurarse por llegar a la 119, pues aquella visión le produjo un mal presentimiento.

En realidad, desconocía si el paciente que había ocupado la 110 había sido trasladado, dado de alta o fallecido, pero un escalofrío recorrió su cuerpo, y quiso entenderlo como algún tipo de aviso. Su padre lo hubiera llamado "supercherías".
Al doblar una breve esquina, en la puerta, justo al final del pasillo que daba acceso a las últimas habitaciones, vio a su hermana llorando. La escena del desconsuelo hizo que se detuviera en seco, pero no tardó en reanudar con premura su caminar.
Con su espalda apoyada en el cabecero de aquel tálamo blanco y mecanizado, como en un intento de demostrar que aún podía seguir haciendo frente incluso al peor enemigo, se encontró a su padre erguido, casi sin resuello y con la mirada agónica. Se acercó a él y le cogió una de las manos, y notó como el moribundo la apretaba con escasas fuerzas. Supo ahí que ya no necesitaba decir nada, no era fundamental.
Mientras, el monitor pitaba incesante una firma mortal.
En escasos segundos, el personal sanitario se instalaba delante de aquél cuerpo exento ya de coraje.
Echado sobre una pared frente a la puerta 119, abrazado por su hermana que lloraba inconsolable, miraba a su madre que parecía estoica. Escudriñaba la escena donde el médico certificaba la defunción. Ese hecho no sabía si le parecía valiente o un mero estado de confusión, hasta que ella se dio la vuelta y fue a unirse a sus hijos y comprendió, con alivio, el valor de aquella mujer.
De repente, el vacío.
Se le vino a la mente esa imagen cuando una de las enfermeras les requería salir de allí.
Era como un todo oscuro. Faltaba algo sin la necesidad de que aquello debiera estar presente. No sabía como explicarlo. Era como cuando echaban en falta momentos vividos.
En esa reunión de tres, a la vista de algunos curiosos que se asomaron a ver qué ocurría en la 119, sobraban las palabras. ¡Otra vez sobraban!
Mientras acaparaba con sus brazos aquellas lágrimas femeninas, en su cabeza una amalgama de pensamientos. Un incesante pasar y pasar de recuerdos y, con ellos, a modo de solución a ecuaciones nunca comprendidas, una idea que parecía querer salir a flote entre tantos sentimientos: Quizás el vacío no sea la falta de algo, sino todo lo contrario.
Ante la desolación que acuciaba la luctuosa escena, una luz. Quizás una de esas fórmulas magistrales de las que el hombre dispone cuando, en casos de desesperación, quiere sobreponerse. Una de esos clavos ardiendo a los que tanto se suelen asir ante el no saber qué hacer, a pesar que ello suponga romper con la lógica del pensamiento que, durante años, nos hemos puesto a modo de armadura.
Sería hermoso creer -discernía con la intención de hacerlo así-, que lo que les dejó no fue una gran nada, sino un gran sitio para llenar de recuerdos.