Se limitaba a atrapar el tiempo en su cámara, como queriendo eternizar aquel instante que ya mismo era pasado.
En la memoria fotográfica de aquella caja de los recuerdos que colgaba de su cuello, quedaban inmortalizadas las murallas milenarias, la libertad inimaginable de las aves, la cara de un niño que jamás crecería y las arrugas del viejo que nunca moriría.
Acaso, en eso consistía la magia de retratar: de cortar un retazo del tiempo. Ganarle la lucha a su inexorable paso. Era saberse en posesión de una máquina donde el espacio quedaba atrapado, y solo se liberaría si la imagen se perdiese.
El creador de momentos tan estáticos como estéticos, consiguió con un solo apretar de botón vencer -por menos de un segundo- al reloj, a la degeneración celular... Detuvo el mar e hizo inmortal a la persona. Capturó el movimiento imperceptible y captó la belleza que, un minuto después, ya no era la misma.
Aplacó el viento en plena embestida, dejó la luna en la sempiterna belleza de su más radiante grandeza, y al sol lo hizo accesible sin que pudiera deslumbrarnos.
Robó la intimidad al universo, mostrándonos los lunares que oculta su cuerpo negro.
Paparazzi de lo cotidiano, de lo que nos rodea y aún así no vemos, escribano de la imagen, cicerone de la historia que recoge, arquitecto con el único plano al que se asoma. Creador de impresiones. Poeta sin pluma. Artista sin lienzo.
Faltaba quizás la voz, la palabra, el sonido, la música, el arrullo del viento, el rugir del oleaje o la nana que se escucha de un océano al morir en la orilla.
Faltaba... Pero derrotó por un 'click' al poderoso, inasequible, a veces temido, a veces feroz, en ocasiones nostálgico, algunas odiado, paso del tiempo.
(Imagen de Mandy Sanchez Taura)
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